Who I am?

I’m a Colombian girl — vibrant, warm, and a little bit mischievous. I carry coffee in my veins and salsa in my hips. My laughter sounds like a street festival; my family gatherings are loud, colorful, and impossible to sit through without trying every dish on the table. I speak with the melody of the Caribbean and the heart of the Andes, blending idioms and rhythm until my words feel like a cumbia.

I love arepas for breakfast, bandeja paisa for Sunday celebration, and a perfectly ripe mango that drips down my wrist like a sweet confession. I wear bright colors because life looks better that way, and I braid flowers into my hair when the mood calls for sunlit rebellion. My slang hops between cities — from “chévere” to “bacano” — and I sprinkle Spanish into English like seasoning.

I hold pride in my roots: resilient ancestors, a rich culture, and a complicated history that taught me how to dance through stormy weather. I celebrate diversity, embrace warmth, and defend my people with the stubbornness of someone who knows survival is an art form.

I flirt with curiosity. I travel with open eyes, collect stories, and find music in everyday sounds — the clink of cups at a café, the rhythm of a bus braking, the hum of conversations in a plaza. I’m tender and fierce, a paradox served with empanadas: soft inside, crisp outside.

I’m a Colombian girl — not a stereotype, but a thousand little truths stitched together: hospitality, humor, hunger for life, and an unshakable hope that tomorrow will have better coffee and better music.

Quien soy?

Soy una chica colombiana — vibrante, cálida y un poco traviesa. Llevo café en las venas y salsa en las caderas. Mi risa suena a fiesta callejera; las reuniones familiares son ruidosas, coloridas e imposibles de pasar sin probar cada plato de la mesa. Hablo con la melodía del Caribe y el corazón de los Andes, mezclando dichos y ritmo hasta que mis palabras se sienten como una cumbia.

Amo las arepas en el desayuno, la bandeja paisa para celebrar el domingo y un mango perfectamente maduro que se desliza por mi muñeca como una confesión dulce. Uso colores brillantes porque la vida se ve mejor así, y me trenzó flores en el pelo cuando me viene la rebeldía soleada. Mi jerga salta entre ciudades — de “chévere” a “bacano” — y espolvoreo español en el inglés como si fuera condimento.

Tengo orgullo de mis raíces: ancestros resistentes, una cultura rica y una historia complicada que me enseñó a bailar bajo la tormenta. Celebro la diversidad, abrazo la calidez y defiendo a mi gente con la terquedad de quien sabe que sobrevivir es un arte.

Coqueteo con la curiosidad. Viajo con ojos abiertos, colecciono historias y encuentro música en los sonidos cotidianos — el tintinear de las tazas en un café, el ritmo al frenar de un bus, el murmullo de conversaciones en una plaza. Soy tierna y feroz, una paradoja servida con empanadas: blanda por dentro, crujiente por fuera.

Soy una chica colombiana — no un estereotipo, sino mil pequeñas verdades cosidas: hospitalidad, humor, hambre de vida y una esperanza inquebrantable de que mañana habrá mejor café y mejor música.